Caminos de fe

Caminos de fe

Más allá de las playas, zonas arqueológicas y centros comerciales de México, diversos santuarios religiosos sobreviven a la modernidad, el mercantilismo y la vida banal. Son sitios de peregrinación, que no siempre aparecen en las guías de turistas, pero que constituyen el punto de encuentro de miles de fieles que, año con año, visitan los santuarios del Santo Niño de Atocha, la Virgen de San Juan de los Lagos, el Cerro del Cubilete y el Cristo roto, en los estados de Zacatecas, Jalisco, Guanajuato y Aguascalientes, respectivamente.

Texto y fotos: José Lira

Miles de peregrinos fletan autobuses particulares para recorrer los caminos de la fe por iglesias de la época colonial y monumentos que datan de principios del siglo pasado y, con ello, refrendar su fervor a los santos que, aseguran, sanan heridas, alivian enfermedades, mitigan las penas y renuevan la esperanza.

Se trata de viajes familiares de fin de semana para recorrer el Santuario del Santo Niño de Atocha, en Fresnillo, Zacatecas; luego enfilar hacia el estado de Aguascalientes, en el municipio de San José de Gracia, y postrarse ante el Cristo Roto de la Isla, una escultura monumental a la que sólo se llega en lanchas de motor fuera de borda.

El Cristo Roto de la Isla mide 25 metros y está montado sobre una base de concreto de tres metros de altura, lo que da un total de 28 metros. La escultura fue construida en el corazón de la Presa Plutarco Elías Calles, en honor al pueblo viejo, que sería arrasado por las aguas en 1927. La imagen refleja la difícil situación de los antiguos pobladores de la región al enfrentar el éxodo ante la catástrofe que dio fin al pueblo primigenio.

El santuario del Cristo Roto de la Isla se complementa con un espacio escultórico semicircular con 24 nichos que contienen réplicas de otros Cristos populares en la región que, a diferencia del Cristo Monumental, ellos sí tienen el cuerpo completo y ostentan una cruz.

Datos periodísticos revelan que cada año medio millón de turistas visitan al Cristo Roto y generan una derrama económica de 100 millones de pesos.

Más tarde, los fieles arriban a Lagos de Moreno, Jalisco, donde se venera a la virgen y su niño. En los alrededores de la iglesia hay música de bandas sinaloenses, juegos pirotécnicos, venta de reliquias e imágenes religiosas, dulces típicos de la región, textiles, bordados, tallas en madera, artesanías y una portentosa oferta gastronómica.

En contraste a la monumentalidad escultórica de otros santos, la imagen de Nuestra Señora de San Juan apenas mide 33.5 centímetros y pesa no más de medio kilogramo. Está elaborada en pasta de caña por artesanos michoacanos. Ostenta ricas vestiduras con cenefas de oro fino y un cabello largo y ondulado.

El centro histórico, en el que se encuentra el santuario de la Virgen de Lagos de Moreno,  fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco en agosto de 2010, y forma parte del Camino Real de Tierra Adentro.

A la mañana siguiente, todos los caminos llevan  al Cerro del Cubilete, en el municipio de Silao, Guanajuato,  lugar en el que se asienta la representación del Hijo de Dios más grande del mundo,  al medir 20 metros de altura y pesar 80 toneladas. La obra fue realizada por el escultor mexicano Fidias Elizondo. El conjunto alcanza una altura de dos mil 579 metros sobre el nivel del mar.

En tiempos de la Guerra Cristera, el santuario fue bombardeado y dinamitado por órdenes del entonces presidente Plutarco Elías Calles. Años más tarde, el sitio fue reconstruido y recobró su esplendor. El santuario del Cerro del Cubilete es el más visitado después de la Basílica de Guadalupe y la iglesia de la Virgen de Lagos de Moreno, Jalisco.

Durante el recorrido por los caminos de la fe, los católicos dan cumplimiento a una manda, agradecen favores, llevan flores, compran objetos religiosos, escuchan misa, elevan plegarias, se toman la foto y el video del recuerdo, almuerzan, comen, le dan gusto al paladar con tantos dulces y antojitos, adquieren en el mercado chiles, quesos, bebidas, frutas, semillas, artesanías y juguetes.

Al final del camino, los peregrinos regresan cansados, fatigados de caminar y subir pendientes, pero contentos por haber cumplido su propósito y con la convicción de transmitir a los hijos y nietos un recorrido religioso que fortalece el espíritu y que siempre guarda sorpresas. Luego, con la nostalgia en vilo, los católicos regresan a sus lugares de origen, pensando en volver el próximo año si el santo de su devoción se los permite.

Un verdadero milagro

Cuenta la leyenda que un grupo de trabajadores quedó atrapado en las entrañas de una mina cercana a Plateros, lugar donde se levanta la iglesia de San Agustín. Los mineros sobrevivieron gracias a que, todas las noches, el santo Niño abandonaba su santuario para llevar agua y comida a quienes llevaban días enterrados en el subsuelo.

Mientras tanto, la gente del pueblo observó que el Santo Niño amanecía con sus ropajes y zapatos sucios. Al poco tiempo, los hombres encontraron una salida y corrieron la voz del milagro. Desde entonces, el Santo Niño de Atocha se ha convertido en un símbolo zacatecano y en el protector de los mineros.

En las paredes del santuario del Santo Niño de Atocha se pueden apreciar placas que datan del siglo XIX, en las cuales pintores anónimos dan cuenta de los milagros y se detallan las enfermedades y accidentes que salvaron miles de fieles por mediación del Niño.

La ilustración popular de los milagros aluden a accidentes carreteros, volcaduras de carretas, estampida de vacas y caballos, caídas de árboles, desborde de ríos, tornados, inundaciones y todo tipo de catástrofes naturales o provocadas por el ser humano  el infortunio.

En otros casos, las enfermedades, aparentemente incurables, son motivo de sanción del Santo Niño de Atocha: operaciones quirúrgicas para extirpar tumores cancerígenos, males hepáticos, infecciones de la piel, torceduras, parálisis faciales, problemas de la columna vertebral, mal de ojo, vicios y suplicios.

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