Jolgorio en La Meche

Jolgorio en La Meche

Entre rezos, plegarias, olores a incienso, flores y carnitas, mucho chupe y los pegajosos ritmos caribeños de los sonideros instalados en buena parte de Circunvalación, los locatarios del mercado de La Merced festejaron el 56 aniversario del más popular y antiguo centro de abasto de la Ciudad de México.                                                                                                                                                                          

                                                                                                                                                                                             

 

Texto: José Lira/Fotos: Rodolfo Valtierra

Más de medio siglo de existencia del mercado de La Merced bien vale la pena cerrar la estación del Metro del mismo nombre. Una fecha tan significativa para festejar a la Virgen de La Merced, vestirla con sus mejores galas, hacerle su misa y llevarle mariachis, es motivo más que suficiente para cerrar un largo tramo de Anillo de Circunvalación y llenarlo con trailers que traen toneladas de equipo de luz y sonido para hacer bailar a cientos de personas.

Desde temprana hora del martes 24 de septiembre, los locatarios, marchantes, vecinos, invitados y curiosos, celebran la alegría de alimentar todos los días las bocas de millones de capitalinos y de la zona conurbada, sin importar que esta vez una parte de la nave mayor de La Merced se encuentre en proceso de reconstrucción, luego del incendio que causó graves daños materiales.

Dentro y fuera de La Merced se reparten tamales de frijol, haba, rajas con pollo, mole y de dulce. También se comparten los atoles de champurrado, fresa, galleta, arroz con leche y guayaba. Las viandas de comida se comparten sin distingo social. Lo mismo se echa un taco el policía, el velador, la vendedora de bolsas de plástico, el diablero, el locatario, el modesto trabajador, el marchante rico o el ama de cas que lleva los pesos contados en el monedero.

El orgullo de ser parte de la vida y milagros de La Merced no se compara con nada. Se trata de gente de trabajo, la mayoría de extracción humilde, que dejaron sus pueblos de origen para instalarse en este populoso mercado que ni los temblores, los incendios y la competencia hacen que pierda su tradición y preferencia.

La misa a la Virgen de La Merced corrobora la fe de quienes con su esfuerzo hacen posible que este centro de abasto se mantenga vivo en el gusto popular. En esta ocasión, las madonas bajan de sus nichos, se juntan en un solo lugar para ser adoradas y veneradas con flores, veladoras, incienso y rosarios.

Otras madonas, todas terrenales y pecadoras, dejan por unas horas a sus clientes de San Pablo, Regina y anexas para sumarse a los festejos en La Meche. Las sexoservidoras, sin sus ropajes de batalla  ,  le dan rienda suelta al cuerpo y aceptan bailar gratis con el mecapalero, el vendedor de chiles secos, el novio de ocasión, el dueño del local de las tinas galvanizadas, el repartidor del gas o el encargado de los  sanitarios públicos.

En el dancing mexicano de La Meche todos son iguales, sólo los une la cumbia, la salsa y el danzón que se escucha con los más altos decibeles en las bocinas de Condor, Súper Dengue, Fanya Dos y otros.

En el baile frenético, boquitas pintadas surgen por doquier. Nadie quiere perderse la gran celebración en La Merced, que es por partida doble: el aniversario del mercado y el día de la Virgen.

Y para que nadie duda que el jolgorio va en serio, el tequila, el aguardiente, el mezcal y el pulque se reparten por todos los rincones de La Meche. La gente se pone bohemia, nostálgica, feliz, algunas veces agresiva, pero nadie sale lastimado porque al día siguiente, como ha sido en 56 años, todo mundo madruga para ganarse el pan de cada día.

Así es y así ha sido la historia de este centro de abasto donde convergen hombres y mujeres de todo el país para vender y comprar frutas, verduras, flores, cestería y muchos otros productos que sólo se encuentran en La Merced, con sus característicos aromas, sabores, colores y el intenso pregón para animar al cliente a llevar el mejor precio y la más alta calidad de las mercaderías.

Sin La Meche, sería difícil entender el Centro Histórico de la Ciudad de México. En cada puesto de frutas y verduras hay una generación que evoca el paso del tiempo y reafirma la importancia económica, social y cultural de este populoso mercado.

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